De vuelta donde los Cangrejos
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Martes 21 de Noviembre, 2017.

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    18 de julio del 2001
    19h-22h
    Desde Antakya, sur de Turquía, muy cerca de Siria.


    Hace unos cinco días llegué a Estambul, con un calor de los nueve infiernos. Una masa inquietante de visitantes se mecía de un pasillo al otro. Mucho europeo. El Atatürk aeroport de Estambul es grande y moderno. Pero a pesar del lujo la administración se toma las cosas con relajo. Dando vueltas y vueltas no hallé las indicaciones turísticas.
    Hasta topar con gente de Turquish Airlines que por suerte hablaba inglés. Tres chicas coquetas, morenas y pituquitas. También un turco rapado y pálido que chapurreaba algo de francés. Me llevaron en un bus de la compañía hasta la ciudad. Tomamos un ferry para cruzar el canal del Bósforo, es decir de la parte europea a los barrios asiáticos. Entrar por mar en el centro de Estambul es alucinante. Un sinfín de mesquitas, torres y cúpulas coloreadas. En especial el castillo de Topkapi, donde los sultanes reinaban sobre todo el Medio Oriente.
    En el ferry me fui habla que habla con las azafatas. Me contaban sus sueños de irse a Europa, a París. La chica más pomposa, una morena de grandes labios y ojos esféricos, acaparó mi atención. Al final me dejó su número por si volvía a pasar a Estambul. Quién sabe.
    Recuerdo el consejo que me dio cuando nos saltaban encima vendedores ambulantes y niños ofreciendo panecillos : "Ten cuidado con la gente en la calle, no les creas nada." Yo venía recién bajando del avión así que no tuve más opción que seguir su consejo. Es decir, no le creí nada a ella para seguir abierto. Además buscaba y busco aún sentirme en el Medio Oriente y dejar que las cosas ocurran.
    Me dejé chocar por la multitud de mercaderes de bazar, el velo de las mujeres y al mismo tiempo por los escotes de las chicas jóvenes paseándose en los bulevares. De todas formas Estambul es enorme y había mucho que ver.
    Fui directo a la vieja estación de trenes, que manda sus máquinarias a través de toda Anatolia. Yo esperaba llamar la atención por mi aspecto occidental. Pero nada, la gente pasaba rápido y atareada. Cualquier persona que haya ido al sector turístico de Estambul, el Sultanahmet, estallará de risa leyendo lo que cuento. Porque yo no me imaginaba que Estambul tenía otra cara, increíblemente turística y parafernálica cruzando el Bósforo.

    Llegué a la vieja estación, junto al mar. Vi que un tren partía pronto hacia pleno corazón anatoliano, a la ciudad de Konya, viajando toda la noche. Hice hora comiendo un kebab, el sadwich turco con carne de cordero. Hablé a señas con un vendedor y claro, era yo quien miraba sorprendido a los transeúntes.
    Pasé la noche cálida en el tren. Al subirme, muy perdido, todas las personas empezaron a leer mi tíquet para ayudarme. Subí al penúltimo vagón, uno delabrado y con la puerta rota. Su pintura celeste se descascaraba como cebolla añeja. Terminé en un pasillo con ventana, viajando parado y hablando con un turco viejo que conocía algo de inglés y alemán.
    El tren atravesaba los suburbios de Estambul, bordeando el mar. De repente veíamos gente que se bañaba entre espumas y rocas. Luego aparecían industrias de humos negros y también vacas vagando perdidas. En los edificios las escenas familiares eran como en América Latina, con una sola diferencia : las mujeres con velo. Supongo que reparo demasiado en el famoso velo. Y para colmo me fui a meter a una de las ciudades más conservadoras y religiosas del país, Konya. Pero antes terminaré el relato del viaje en tren.
    Terminé en un pasillo con ventana y a un lado de los compartimientos. Yo, sea dicho, no dormí nada la última noche. El turco con quien iba hablando, Nazîm, era ingeniero jubilado. En Chile un ingeniero no hubiese tomado un tren tan añejo como éste, pero preferí no decírselo. Durante el trayecto me explicaba que las cosas iban mal, que la economía se caía a pedazos y el dólar estaba horriblemente devaluado. Es decir me contó lo que leemos diariamente en los periódicos sobre Turquía.
    Aproveché también para preguntarle por las reformas autoritarias y europeisantes de Atatürk, el fundador de la Républica turca en los años veinte. Atatürk es sagrado y cualquier crítica es mejor guardársela. Y es lo que hacía Nazîm.
    Entre tanto la gente del tren al pasar aprovechaba para comunicar un poco. Muy curiosos, barbudos y bulliciosos, aunque pocos angloparlantes. Tuve que empezar a desarrollar mi propio lenguaje de los signos. Dibujé Chile en el aire, pero les costaba creer que un viajero occidental viniese de un país pobre. Me hablaban de Norteamérica. De la money que corre como estelas de oro por el Misisipi. Yo les respondía con argumentos filudos sobre desiertos, pumas famélicos, un Santiago brumoso y tóxico. Metralletas al amanecer y glaciares. Pero no les interesaba. No sabían dónde queda, ni dónde hallar sus leyendas nevadas. No importa.
    Al final, de tanto parlotear, tuve derecho a compartir la merienda. Y unos tragos de alcol fuerte. Justo al lado había una familia. Enterita, del abuelo bigotudo a la guagua llorona. Traté de comunicar con la hija mayor, veintiañera, pero no logré sacarle una sola palabra que no fuera en turco. Como a las once de la noche el viejo ingeniero, Nazîm, se bajó. Al partir el tren lo vi que se despedía varias veces desde el andén. Pero justo antes le pidió al encargado de los vagones que me acomodara donde dormir.
    El tipo me tomó del brazo, me llevó rápidamente hasta el último vagón, y sin ver mucho ni entender nada terminé en el compartimiento de los choferes. Una sombra durmiente al frente se movía de vez en cuando. Supongo que logré dormir un par de horas antes de que prendieran la luz. Un barbudo de modales bruscos nos sarandeó para despertarnos y luego nos echó. Me hizo hartas preguntas que obviamente no pude responder porque no le entendía ni jota.
    Volví a donde la familia que estaba en mi mismo vagón. Me hicieron un hueco. Dormí lo que pude, entre ronquidos y agugús llorones.
    Y mientras soñaba con una cama de plumas de ganso, me deseaba a mí mismo muy buen viaje.

    Fotos: Jean-Marc Binois

     

     

    Daniel Pacheco, Juan Pablo Pizarro, ArCaNe (Coder) - © 2002.
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